Mientras las micros paran en las estrechas avenidas de
Viña, se van como achoclonando entre sémaforo y semáforo, abajo en un japonés de última generación, full equipo , una rubia cincuentona desprovista de toda dieta, maquilla su arrugado rostro con polvitos mágicos, y pienso, los maquillajes son maquillajes, muy caros para reconstruir reinas arrugadas;
Por suerte ya vengo devuelta, afuera por la ventana se divisa el jumbo, con toda la parafernalia tecnológica y elefantes gigantes tecnotronic, dibujando el paseo familiar dominguero, las familias se agolpan con el nuevo concepto de entretención choping, la tarde va restando minutos al atardecer amarillento crepuscular, la micro se llena , niños con globos y cajitas feliz, orejitas de conejo, bigotes de gato, y nariz de payaso, sonriendo por esa tarde de entretención y comida chatarra.
El saturday night prepara ya el tropicalissimo de la onda sound, sound, cumbialísima y regeton , motivando muy poco a los pies cansados después de tanta compra plástica, chicle deuda, fin de mes y drama familiar, comida grasienta y ofertas de nueva temporada.
Lamentablemente, la micro *Los Molinos* , ya alejada de Viña, 37 minutos, kilómetros ya, dobla y enfila por calle Valencia , y me lleva a un tour apocalíptico por Villa Olímpica, apretujón, llanto de guagua, crio con maña, y confusión de olores se van mezclando , pañal , sovaco e vieja, calcetín obra gruesa, micro desvencijada que subiendo la pesada cuesta, va dejando una nube negra que libera por el viejo y roido escape, el aire se vuelve tóxico, cuando por entre hoyos de latas y ventanillas quebradas, entra la polvareda enorme, todos tosen , mientras la micro saltando a tumbos, nos lleva a un ritmo de cha-cha-cha. Chofer con dificultad para, baja la abuela , que apenas con una mueca risueña nos saca a todos del letargo y cansancio transpirado, chofer esquiva gran camote, arriesgando caer por la quebra.
Al fin sus 400 mts. de altura, arriba en la meseta, Machu Pichu popular tercer mundista, niñitos a poto pelao, chupete en ristre, mejillas coloradas y moquitos colgando, saludan corriendo la micro al pasar, entre el ruido ensordecedor de una citroneta que anuncia la llegada de un viejo circo rasca, al fin la micro dobla y se apresta a bajar por inercia, después de tanta vuelta, encabritada por calle Mena, al fin ya, en el modernismo acartonado de Quilpué y su arribismo consumista, de estrecha avenida proletaria con vista al otro Mall del progreso. En fin me apresto a bajar y recomponer mis huesos, feliz de haber terminado este viaje lleno de ficción y realismo mágico.
D. Salcedo.











2 comentarios:
no hay que equivocarse de micro
Bien ahí maestro
Publicar un comentario