1/09/2006
LA ESTATURA DEL ABUELO
LA ESTATURA DEL ABUELO:
De todas las historias que se habìan escrito o inventado últimamente, sòlo recordaba el pequeño fragmento de aquellas palabras relatadas hace màs de treinta años en la espesura del bosque trasplantado de leños y alfalfa. Una mirada en rededor bastaba para reencontrarse con su infancia abandonada en algún momento de silencios infantiles y dormidos como todos los recuerdos que luchaban por permanecer a flor de piel en la memoria, cada vez màs propensa a olvidar todo, a confundirlo todo, inexorablemente.
Después de haber ido al correo de Huatulame regresô a caballo al Tome, desmontò, desensillô, y luego emprendiò, como en un ritual ancestral, el camino cerro arriba hasta la calzada del canal. Este se habìa transformado en su mirador, desde aquì, en pleno silencio, observaba el devenir del pueblo y despedìa con breves sonrisas a las bandejas de tomates, morrones y otros vegetales que emprendìan el viaje a Santiago.
Desde este mismo lugar tambièn , habìa observado, hace algunos años , còmo los burros se daban vuelta de carnero tratando de anunciar el terremoto que se venìa encima y que hasta el momento nadie creìa posible. Sentado aquì mismo habìa observado còmo la gente del pueblo corrìa hacia todos los lugares que creìan seguros y còmo en medio de la desesperación su tìo Leandro se habìa hechado una vaca al hombro para salvarla del fin del mundo, de ese fin del mundo que no era otra cosa que el sobrevuelo del primer aeroplano que aparecìa en el Tome.
El abuelo era conocido en toda la zona que iba de Montepatria hasta San Lorenzo como Perucho y pertenecìa a una de las familias màs numerosas del Tome, èl mismo habìa contribuido a este clan con trece hijos engendrados en Emiliana, su esposa legìtima. Las lenguas viperinas del pueblo pregonaban que ademàs habìa engendrado otros hijos no reconocidos, pero que llevaban el estigma de sus ademanes y la profundidad de sus ojos que brillaban en medio de la noche mâs cerrada.
Entre todos sus nietos recordàbamos su fama de “desenterrador de entierros” y su gran habilidad para “componer huesos” con sus manos embadurnadas en grasa de caballo. Hèroe de nuestra infancia, habìa sido capaz , incluso de desafiar al diablo y las ànimas que “penaban” en todo el pueblo. El con su baja estatura se empinaba como un gigante colosal en medio de nuestra niñez de imberbes citadinos que pasaban sus vacaciones de verano en el Tome.
En este atardecer de otoño, después de bajar la calzada del canal, hasta donde habìa llegado para observarlo todo. Marìa Elba Robles, la mayor de sus trece hijos, me contaba, hablàndome casì en susurros, como el pueblo quedò casi vacìo entre las tres y las seis, por acompañar al abuelo al cementerio, en una procesiòn interminable. Hoy comentan que dicen que fue el funeral màs lindo que se haya realizado en el Tome, el 23 de septiembre de 1989, justò cuando en el hospital de Rancagua, nacìa su Bis-Nieto Dante Salcedo G.
Claudio Salcedo Robles.-
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1 comentario:
Excelente relato, me hizo sentir en el país que todos llevamos familia adentro y que cuidamos como si fuera un tesoro...
¡¡¡Felicitaciones!!!
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